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We need a hero

¿Necesita la literatura a los héroes?

Desde los mitos en la antigua Grecia, hasta los superhéreos actuales que llenan las salas de cine o las novelas de detectives, la figura del héroe ha sido central en las obras literarias. Personajes de destino, que redefinían su carácter y sus acciones en función de quiénes querían ser. Los Aquiles, los Heracles, los Ulises o El Capitán trueno. Crecimos con ellos, nos han enseñado qué es un personaje y cómo construirlo. Nos han enseñado cómo deberíamos ser.

Pero en la modernidad la literatura se aleja de los dioses, de los modelos perfectos, y se acerca a lo humano, a lo real. Y, ¿quiénes son nuestros héroes si los héroes somos nosotros? El destino pierde fuerza, parece una meta imposible, una mentira. Pura trampa literaria. Pero los héroes no mueren, no desaparecen de la narración.

¿Dónde están entonces? Siguen poblando la literatura, pero esta vez lo hacen desde el otro lado. Humanos que se hacen héroes, nacen los personajes de carácter, cuyos espíritus y voluntades determinan sus destinos, y eso les hace héroes. No por sus glorias sino por sus intentos, por sus sueños y ambiciones, por la imposibilidad de lograrlos. Los héroes imperfectos: los antihéroes.

El novelista Luís Mateo Díez, mucho más familiarizado con los héroes que la que escribe este artículo, los explica así:

La novela moderna está más habitada por antihéroes, que están más en la vida que en la imaginación y en los sueños; por seres humanos con precariedades y pasiones… Escribir es descubrir esos caminos de perdición. Esos avatares y aventuras a la vuelta de la esquina de gente que no va muy lejos sí que suponen una gran aventura.

Los Quijotes, los Lazarillos, los Tom Sawyers y los Gatsbys. Están por todas partes. Y también en los cuentos de Daniel Sueiro.

Los personajes de Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca son esos antihéroes que buscan su meta, que persiguen un destino que no conocen. Sus tropiezos y sus frustraciones nos interesan más que sus victorias y sus sueños porque nos parecen más reales, nos recuerdan más a nosotros. Tiene sentido que consideremos más héroes a los personajes infelices de Sueiro, como Felipe el Marciano, encajonado en una vida y un trabajo que odia, siendo sustituido por algo mejor, porque se acerca más a nuestra realidad. En el realismo no puede no haber héroes, porque nada es más crítico con el lugar y el momento en que uno vive que demostrar las flaquezas de un héroe que nos representa a todos. Los protagonistas de Sueiro no nos muestran cómo deberíamos ser, nos muestran cómo es el mundo en el que vivimos, y por tanto cómo somos.

En la literatura clásica tememos a los dioses a través de los héroes. Ellos les temen, nosotros también. En los cuentos de Sueiro le tememos a los barrios vacíos de un Madrid gris y dormido, a las bombas que no llegan, a los cambios de rasante, a perder tu asiento en el tranvía… Tememos a las cosas que sus héroes están dispuestos a hacer por sobrevivir. La narración de sus andanzas nos sirve como guía para comprender el mundo y nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. Sus historias nos ayudan a entender mejor nuestra historia. Nos señalan los villanos mejor que cualquier epopeya griega.

El héroe de Sueiro lee en la cama con un pitillo en la boca. Se revela contra el mundo mientras está encerrado en él. Nos despierta y nos hace protagonistas de nuestras propias historias.

Y cuando lo leemos, comprendemos por qué todavía necesitamos a los héroes.

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