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We need a hero

¿Necesita la literatura a los héroes?

Desde los mitos en la antigua Grecia, hasta los superhéreos actuales que llenan las salas de cine o las novelas de detectives, la figura del héroe ha sido central en las obras literarias. Personajes de destino, que redefinían su carácter y sus acciones en función de quiénes querían ser. Los Aquiles, los Heracles, los Ulises o El Capitán trueno. Crecimos con ellos, nos han enseñado qué es un personaje y cómo construirlo. Nos han enseñado cómo deberíamos ser.

Pero en la modernidad la literatura se aleja de los dioses, de los modelos perfectos, y se acerca a lo humano, a lo real. Y, ¿quiénes son nuestros héroes si los héroes somos nosotros? El destino pierde fuerza, parece una meta imposible, una mentira. Pura trampa literaria. Pero los héroes no mueren, no desaparecen de la narración.

¿Dónde están entonces? Siguen poblando la literatura, pero esta vez lo hacen desde el otro lado. Humanos que se hacen héroes, nacen los personajes de carácter, cuyos espíritus y voluntades determinan sus destinos, y eso les hace héroes. No por sus glorias sino por sus intentos, por sus sueños y ambiciones, por la imposibilidad de lograrlos. Los héroes imperfectos: los antihéroes.

El novelista Luís Mateo Díez, mucho más familiarizado con los héroes que la que escribe este artículo, los explica así:

La novela moderna está más habitada por antihéroes, que están más en la vida que en la imaginación y en los sueños; por seres humanos con precariedades y pasiones… Escribir es descubrir esos caminos de perdición. Esos avatares y aventuras a la vuelta de la esquina de gente que no va muy lejos sí que suponen una gran aventura.

Los Quijotes, los Lazarillos, los Tom Sawyers y los Gatsbys. Están por todas partes. Y también en los cuentos de Daniel Sueiro.

Los personajes de Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca son esos antihéroes que buscan su meta, que persiguen un destino que no conocen. Sus tropiezos y sus frustraciones nos interesan más que sus victorias y sus sueños porque nos parecen más reales, nos recuerdan más a nosotros. Tiene sentido que consideremos más héroes a los personajes infelices de Sueiro, como Felipe el Marciano, encajonado en una vida y un trabajo que odia, siendo sustituido por algo mejor, porque se acerca más a nuestra realidad. En el realismo no puede no haber héroes, porque nada es más crítico con el lugar y el momento en que uno vive que demostrar las flaquezas de un héroe que nos representa a todos. Los protagonistas de Sueiro no nos muestran cómo deberíamos ser, nos muestran cómo es el mundo en el que vivimos, y por tanto cómo somos.

En la literatura clásica tememos a los dioses a través de los héroes. Ellos les temen, nosotros también. En los cuentos de Sueiro le tememos a los barrios vacíos de un Madrid gris y dormido, a las bombas que no llegan, a los cambios de rasante, a perder tu asiento en el tranvía… Tememos a las cosas que sus héroes están dispuestos a hacer por sobrevivir. La narración de sus andanzas nos sirve como guía para comprender el mundo y nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. Sus historias nos ayudan a entender mejor nuestra historia. Nos señalan los villanos mejor que cualquier epopeya griega.

El héroe de Sueiro lee en la cama con un pitillo en la boca. Se revela contra el mundo mientras está encerrado en él. Nos despierta y nos hace protagonistas de nuestras propias historias.

Y cuando lo leemos, comprendemos por qué todavía necesitamos a los héroes.

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Franco se ha muerto más bien poco

Mira que en este blog nos encanta llevarle la contraria a Sueiro y mantenemos que se equivocó de lleno cuando aseguró que su obra no podía considerarse universal. Pero hoy nos tenemos que poner un puntito en la boca al recordar que en los 80 dijo que Franco se había muerto “más bien poco”. Si supiera… El dictador parece estar bastante vivo en 2019 no solo porque Santi pueda entrar en el Congreso con entre 29 y 37 escaños según el CIS de abril o porque a las noticias de la tele le salga una especie de grano setentero cada vez que Casado aparece. Hay que sumar el reaccionarismo de una parte de la población ante la idea de sacar a Franco del Valle de los Caídos.

El PSOE ya llevaba un tiempo con esta medida sobre la mesa. En mayo de 2017, presentaron en el Congreso una propuesta para instar al Gobierno de Rajoy a realizar la exhumación de Franco y recibieron el apoyo de Cs y Unidos Podemos. El PP se abstuvo (¡sorpresa!) y no hubo votos en contra. Así que, aunque por primera vez se había aprobado desenterrar al dictador y políticamente lo pedía una amplia mayoría de la Cámara Baja, hacerlo seguía en manos del Gobierno. Luego la sentencia de la Gürtel, luego la moción de censura y al final PDR.

Sánchez no había terminado de elegir colchón cuando anunció que su intención era sacar a la momia —si el nietísimo lo llama así, se vale— “en el plazo más breve posible”. Eso fue en junio de 2018 y aquí estamos. El Gobierno no lo ha tenido fácil entre la Fundación Franco, la familia del dictador, la Abadía del Valle de los Caídos, la gente que tiene la mala costumbre de saludar con el brazo muy tieso y, aunque parezca mentira, los permisos de obra.

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Sede del PSOE en Madrid con la pintada “El Valle no se toca” realizada por las Juventudes Falangistas en julio de 2018 | Europa Press

El Ejecutivo acordó el 15 de febrero la exhumación de los restos, en cumplimiento de un Real Decreto de octubre de 2018 y de un acuerdo del Consejo de Ministros de 31 de agosto de 2018 por el que se inició el procedimiento administrativo.

La Fundación Nacional Francisco Franco, según su propia página web, tiene como principal objetivo “difundir y promover el estudio y conocimiento sobre la vida, el pensamiento, el legado y la obra de Francisco Franco Bahamonde, en su dimensión humana, militar y política”. ¿Las risas enlatadas por lo de “dimensión humana” solo suenan en mi cabeza? El caso es que semejante misión les ha obligado a entorpecer todo el proceso. Por ejemplo, en marzo recurrieron al Supremo la orden de exhumación aprobada en febrero. Consideran que “lo que hace es acordar algo ilegal” por las “prisas” que tiene el Gobierno en exhumar al dictador para hacer de esta operación “una bandera estrella para las elecciones generales venideras”. Por cierto, el portavoz de esta institución privada es uno de los principales financiadores de VOX (otra sorpresa).

El Ejecutivo estuvo negociando con la familia hasta principios de marzo. Los Franco decidieron romper las conversaciones y reiteraron su intención de acudir a los tribunales. El Gobierno, si aceptaba la exhumación, estaba dispuesto a negociar dónde se volvía a enterrar y cómo iba a ser la exhumación. Pero claro, la única opción que la familia contemplaba —y contempla— era la inhumación en su cripta de la catedral de La Almudena. Así los 20N se podría poner Madrid de aguiluchos que ni para tomar a café con leche in Plaza Mayor. De eso también es consciente el Gobierno y, cuando la vicepresidenta, Carmen Calvo, aseguró que contaban con el apoyo de la Iglesia para que Franco no acabase en el centro de la capital, el Vaticano negó el acuerdo, aunque no se opone a la exhumación. Menos mal.

Sin importar la solana que puede caer de canto un 15 de julio en medio del monte y obviando las tortillas en las camisas nuevas, cientos de personas decidieron acercarse a Cuelgamuros con sus banderas de España customizadas para darles rollito preconstitucional, que es lo que se lleva. Contra todo pronóstico, la presidenta del Movimiento por España y organizadora de la jornada, Pilar Gutiérrez, está de acuerdo con nosotros —o algo así—, ya que reivindicó que “Franco no está muerto. Todos los que están muertos en Cristo no están muertos”. Los reunidos también encontraron ocasión para cantar el Cara al Sol o corear consignas como “Españoles sí, refugiados no” o “Cataluña es España, no nos engañan”. El pack completo.

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Decenas de personas hacen el saludo fascista en la manifestación del 15 de julio de 2018 en el Valle de los Caídos | Europa Press

A pesar de ese panorama espeluznante, no hay que olvidar que más de la mitad de los españoles apoya la exhumación, así como la ilegalización de la Fundación Franco y la expropiación del Pazo de Meirás.

Al igual que la familia y la Fundación Franco, la Abadía del Valle de los Caídos también recurrió al Supremo la exhumación de Franco. Algo que no pudo sorprender a nadie ya que el prior administrador fue candidato del partido Falange Española Independiente (FEI) al menos en dos procesos electorales. Y, por si acaso, la página web de la abadía está a nombre de una historiadora que, como el prior administrador, hizo sus pinitos en el mundo de la política: fue candidata independiente de Vox en las elecciones municipales del año 2015.

En principio, los restos del dictador Francisco Franco serán desenterrados del Valle de los Caídos y vueltos a inhumar el lunes día 10 de junio por la mañana en el panteón de Mingorrubio en el cementerio de El Pardo, de titularidad pública. Veremos.

Tan cerca del 14 de abril queremos recordar que miles de republicanos están enterrados junto a su verdugo. Así hablaba Daniel Sueiro en su libro-reportaje La verdadera historia del Valle de los Caídos (Sedmay, 1976):

Bajo la cortina de humo de las grandes palabras y de los bellos proyectos, buena parte de la generación vencida en la guerra es objeto de las depuraciones, los apartamientos del servicio, las represalias y las mil acusaciones propias del momento. Campesinos, obreros, militares profesionales, artistas, literatos, miembros de las profesiones liberales, militantes políticos de todas las tendencias van acogiéndose a la liberación que supone la posibilidad de trabajar en las numerosas colonias penitenciarias que funcionan en el país. Es para ellos una liberación real, una situación material incomparablemente mejor que las que les tocará vivir a los que quedan encerrados en las prisiones o serán empujados a los paredones frente a los fusiles.

[…]

De cuando en cuando llega Franco de visita. En fechas señaladas, con todo el séquito; sin avisar, en la mayoría de las ocasiones. Entonces se establece una vigilancia más rígida, un control más severo. Pero él pasa por medio silencioso y sin hacer caso a nadie, mirándolo todo, deteniéndose horas y más horas para estudiar un plano o una maqueta, en medio del agotamiento general.

Para seguir profundizando en el tema recomendamos El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista (Argos Vergara, 1983), también de Daniel Sueiro; El Valle de los Caídos, de José María Calleja (Espasa, 2009); El Valle de los Caídos: una memoria de España, de Fernando Olmeda (Península, 2009) y Esclavos por la patria, de Isaías Lafuente (Temas de hoy, 2004 y reeditado por Planeta en 2018).


Nota: La frase que da nombre a este post pertenece al texto «A modo de autobiografía, y también de autocrítica» que Daniel Sueiro escribió a modo de prólogo para la segunda edición española de su novela Estos son tus hermanos (Argos Vergara, 1981). Este es el fragmento completo:

A la muerte de Franco ―y no fue mucho lo que entonces se murió, sino más bien poco, como hemos venido a comprobar en menos tiempo―, también hubo gente que lamentó con regocijo, con la boquita pequeña y malvada, que los cajones de las mesas de los escritores españoles no rebosaran de manuscritos geniales, de obras maestras que vinieran a demos­trar de la noche a la mañana que el florecimiento cultu­ral, la apoteosis creadora, la eclosión desbordante era lo menos que podía traer consigo la recuperación de las libertades.

[En la imagen principal: Unos jóvenes pasan ante un grafiti que firma el artista urbano TVBoy, aparecido en Barcelona, en el que se muestra a Franco caracterizado como Frankenstein y el lema “El despertar del pasado” | EFE]

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Del primer al segundo Sueiro

¿Por qué es interesante entender la transformación entre el Sueiro escritor de los años 50 y el de los 70? Para comprender mejor este viaje hemos optado por utilizar dos de sus cuentos: por un lado «El ruedo» (que apareció en la antología Los conspiradores), una versión breve que solo incluye las dos primeras partes de «Las ratas» (esta última contenida en nuestra antología) y «Las dos hermanas», uno de sus relatos inéditos que también aparece en este libro.

Para que lleguéis a entender lo que queremos contar aquí, no es necesario que ya os hayáis leído los relatos pero, por si acaso y en primicia, podéis leerlos antes de la publicación del libro en los siguientes enlaces: «El ruedo» y «Las dos hermanas».

¿Por qué hemos decidido hablar de «El ruedo» en vez de «Las ratas»? Es especialmente notable debido al momento en el que se decide cortar, ya que el tema del relato es radicalmente distinto. En el primero, el autor, aunque sigue advocando por una fuerte crítica social ante la situación de la clase obrera baja española, se centra en las condiciones de trabajo, comparándolas con las del resto de Europa:

«En algunos sitios bien organizados, cuando no hay trabajo, a los parados les pagan igual. Si hay trabajo, cobran lo suyo; si no, les dan un tanto. Pongamos dos duros. A mí, si todas las tardes me dieran dos duros de bóbilis, no me importaría que no hubiera nada que cargar.»

Recordemos que en los años 50 y 60, España seguía sumergida en una dictadura, mientras que el resto de los países del continente estaban prosperando y floreciendo. En la versión más extendida —«Las ratas»—, da un paso más, profundizando en una red corrupción y dejadez, así como en el concepto de justicia.

«El ruedo» se centra en la descripción del tema de la opresión y las condiciones embrutecedoras del trabajo. Esto está simbolizado en el peso de la carga, lo que es fundamental, representado en las cajas que le van echando encima al protagonista para que las traslade de un lado a otro.

«Sujetó bien la hondilla sobre la frente y bajó la testa, esperando a que terminaran de colocarle las cajas. Cada caja nueva que caía era un tirón de la cuerda sobre su cuerpo. Tanteó el peso bajando más la cabeza y parte del cuerpo. Debían ser cinco o seis las cajas. Así como estaba, veía solamente parte de los pantalones y sus pies, que parecían hundirse cada vez más en el suelo.»

Sueiro denuncia aquí los abusos a los que es sometida una clase más débil, cómo los poderosos a la mínima oportunidad quieren sacar provecho de las personas que tienen a su cargo, que dependen de ellos; todo a través de un narrador omnisciente que conoce los pensamientos y sentimientos del protagonista, el foco está ahí, en el oprimido.

Esta denuncia es algo que el autor nunca llegará a perder, sino que evolucionará. Su escritura se relaja, cómo el bien decía, pasó a tener «las manos libres y la cabeza fría». Por eso, en su segunda etapa, pasados los años sesenta, seguimos viendo a un Sueiro reivindicativo pero con un estilo muy diferente. Un ejemplo de esto es el segundo relato que habíamos elegido: «Las dos hermanas». Muy pocas veces, son los protagonistas de este autor niños, sin embargo, aquí ambas son  criaturas, de tan solo ocho o nueve años la menor, y la maldad y la vileza estará representada en ella. Un personaje que, consciente del poder que tiene sobre su hermana, que ha de cuidarla y protegerla, lo exprime hasta volverla loca y convertirla en un trapo de nervios. Sueiro transmuta algo que, a simple vista parece bueno e inocente, en todo lo contrario.

Este cuento, relatado por un narrador en tercera, está contado a través de los pensamientos, de las idas y venidas, de la hermana mayor, nunca consigues entender completamente qué es lo que ocurre hasta ya avanzada la trama, deduces que la hermana mayor está desquiciada bajo la continua manipulación de la pequeña. Nadie sabe nada, y la situación continúa. Si extrapolamos este contexto al actual, nos encontramos con una escena que podemos encontrar cualquier día en cualquier trabajo.

«Ella le rogaba y le juraba que la obedecería siempre, y todo esto llorando; pero aun así era difícil convencerla y jamás era posible llegar a meterse en la cama tranquilamente y dormir en paz. “Te lo haré, nena, te lo haré”. “Mañana ya verás”. “Te lo haré todo. ¡Pero bájate! ¡Bájate, nena, que te vas a caer!”.»

Por lo tanto, se puede ver una evolución muy evidente en el estilo del escritor. Durante su primera época nos encontramos con textos llenos de pausas y énfasis duros, que quieren apuntar, sin que quepa duda, a una reivindicación por la libertad, por la mejora de una sociedad oprimida y en decadencia. Mientras que en su segunda etapa nos hemos encontrado con textos mucho más fluidos y sutiles, donde prevalecen las metáforas más generales y ambiguas, con un estilo más relajado y libre, igual que el autor. Haber sido editores de textos tan particulares, sobre todo los inéditos como este último, ha sido todo un privilegio y una experiencia que nos ha hecho viajar a nosotros también por una España no tan lejana.

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En el principio Sueiro creó…

Puede que te suene esto: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…»; o esto: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado»; no cabe duda de que podrías recitar de memoria esto: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»; y, aún no lo sabes, pero próximamente te sonará esto: «La marea sube paulatina, casi imperceptiblemente, como todos los días, solo que un poco más tarde cada vez; cuarenta y cinco minutos, para ser exactos».

Así comienza «El día que subió y subió la marea» de Daniel Sueiro, recogido en Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca. Estas líneas fueron las que «impactaron» a Juan Bonilla cuando descubrió los textos de Daniel Sueiro tal y como cuenta en su magnífico prólogo «Impactos de un cuentista» que puede leerse en el mismo libro. Además, son un ejemplo perfecto para hablar de la importancia que tienen los íncipits en toda la ficción breve y en concreto en la de Daniel Sueiro.

Con los íncipits de las obras literarias los autores nos seducen, nos invitan a zambullirnos en sus historias. Solo un par de líneas son necesarias para que el lector entre en el mundo que el autor ha creado, se deje llevar por la historia y se olvide de que está asfixiado en el metro, sentado en el sofá, o tumbado en la cama con un pitillo en la boca.

Si en nuestra edición hemos creado una panorámica evolutiva de los cuentos de Sueiro, podrás ver perfectamente cómo comienza a abandonar las formas más tradicionales, lo que afecta claramente a los íncipits. Es fácil darse cuenta si comparamos el primer texto que aparece en el libro, «Felipe el Marciano», con el último, el ya mencionado «El día en que subió y subió la marea»:

Felipe se quedó de pie delante de la barra. Había muchas banquetas libres, pero Felipe no se sentó, porque no podía. Estaba vestido.

O con el hasta ahora inédito «El incendio»:

Estaba sentado en un extremo del banco, sin apoyarse siquiera en la pared, solo y melancólico como un chiquillo asombrado e inocente que no entiende las cosas. La mesa, ante él, estaba vacía, aunque con las húmedas señales recientes de los culos de los vasos.

A Sueiro le gustaba comenzar sus cuentos in medias res, es decir, a mitad de frase o acción. Este recurso es ampliamente utilizado para que el lector tenga la sensación de quien ha descolgado el teléfono y pillado una conversación a medias.

Y me sorprende la voz alta, la mía, en medio de la habitación.
—No, veinticuatro —me digo.
«El egoísta»
Fotograma de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964)
Fotograma de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964)
 
Y este es tu padre, que en gloria esté. Ahí aún no le había salido lo amargo, por lo menos a la cara.
«Sobremesa con fotos»

Pero no solo el in medias res está en el discurso, también en las narraciones:

Se le cuajó el cuerpo justo al terminar de comer, cuando acabó con la botella de vino, en la solitaria penumbra del restaurante, y le llegó aquel tumulto a la cabeza, golpeando las sienes; pero pensó que sería mejor dejarlo.
«El incendio»

Casi como si de un zoom out o retroceso cinematográfico se tratara, Sueiro cambia el foco en «El forastero», desde las manos sujetando las cuerdas de los empleados del cementerio para ir abriendo poco a poco hasta El forastero y el resto de los asistentes al entierro:

Los empleados del cementerio ataban la caja por los extremos con gruesas cuerdas de cáñamo. Se movían con destreza y agilidad, con indiferencia, cambiando entre sí alguna frase profesional. Llevaban puestos unos uniformes casi nuevos, pantalón y chaqueta de pana negra con una cinta de color verde pegada a lo largo de las perneras, y los cuellos y las bocamangas de las chaquetas del mismo color. El forastero se fijó en los uniformes, inconscientemente.

Este recurso es bastante visual —recordemos la estrecha relación de Daniel Sueiro con el cine— que pone en perspectiva el punto de vista que se ofrece (Algo similar a cómo empieza El padrino (1972)). En «Fulgores y recuerdos crepusculares» casi se puede ver cómo pasa «la cámara» del cielo a la arena de la playa:

Al pasar sobre sus cabezas, las aspas de los helicópteros restallaron en sus oídos con su tableteo plano y huidizo. Eran dos, los dos grises, y volaban demasiado bajo para aquella hora tan temprana y para un domingo como aquel. No los despertaron a ellos, que ya entonces llevaban recubierto de cañizo la mitad del sombrajo pero a otros sí los habrían levantado de la cama entre maldiciones, pasado el primer susto. Tan bajo, que pudieron leer en los costados no solo las grandes letras blancas,US Navy, sino también los números que llevaban pintados de amarillo, y vieron a los pilotos americanos asidos a los mandos tras los fulgores esféricos de los cristales. Detuvieron su trabajo y se quedaron parados contemplando [..]

Si buscas otro ejemplo en el cine, quizá te ayude el principio de la película Mon Uncle (1958) de Jaques Tati.

«Las siestas», en cambio, comienza con los versos de una canción y, seas o no capaz de identificarla, quedas directamente envuelto por ella y quizá hasta se te quede pegada un par de semanas:

Sería la una,
serían las dos,
serían las tres,
las cuatro, cinco,
seis
de la mañana,
cuando estaba con mi novia
sentadito en la ventana.

(Esta canción proviene del folklore popular. Solo tenemos constancia de ella en un cancionero de Priego; ahora bien, si tienes curiosidad, hay varias versiones para todos los gustos. Dejo aquí la más pegadiza).

Y es que un íncipit tiene la misma función que las primeras notas de una canción —que levante la mano quién nunca haya cambiado de emisora de radio hasta que ha encontrado algo que le sedujera—. Desde el mítico «Érase una vez…» hasta «El coche salió de la curva chillando y levantando el polvo de la cuneta» («Cambio de rasante») todos resuenan en tu cabeza, te atrapan y, con suerte, a lo mejor te acompañan para toda la vida.

Fuente imagen destacada: Mad men S01E01.
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Una literatura breve: Cheever, Carver y Sueiro

Dicen algunos críticos que los americanos inventaron el cuento. Eso dicen.

La modernidad estaba en el fragmento, pero el cuento había sido siempre un ejercicio cerrado y estético, una preciosa cajita de música construida para sonar bien. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, la era de la «gran novela americana», algunos narradores se pasaron al género del cuento para arrebatarle su fama de canto de cisne. Ahora las piezas breves no solo iban a trasladarse a lo social, al realismo que los americanos acababan de descubrir que tenían, sino que además lo iban a ensuciar. El dirty realism iba a convertir a América en el país del «nuevo cuento» y algunos de sus autores más icónicos, como Raymond Carver o John Cheever iban a ser sus padres fundadores. 

John Cheever

Pero, ¿qué pasaba en España? (esa parece ser la mejor pregunta en el siglo XX en lo que a literatura se refiere). ¿Qué hay más sucio que la realidad de la España de los 50, 60 o 70? En este país, entre silencio y susurros, se escondía un escritor que poco tiene que envidiar a los grandes cuentistas americanos de los que hoy todo el mundo se acuerda.

Daniel Sueiro iba a escribir sobre nuestra España sucia mucho antes de que nosotros supiéramos lo que era eso.

Cheever y Carver traen al cuento el silencio y la espera. De pronto, el silencio significa algo en los cuentos de Carver y de Cheever que nunca había significado antes. Igual que ocurre en los de Sueiro. Podemos saber más sobre los personajes por lo que no se dice de ellos que por lo que se dice. Las conversaciones que no tienen son las importantes, y están allí porque se ausentan. Mientras la pareja de amantes más famosa de Carver discute sin escucharse en Intimidad, Sueiro habla de la intimidad perdida entre todos los seres humanos en su cuento Algo de alguien en algún sitio. Conversaciones que no llevan a ningún sitio y que insinúan más que cuentan. Insinuar a la contra, esa es la técnica carveriana (¿o sueiriana?). Sus escrituras se construyen en la elipsis. Saben callarse formando un estruendo.

El llamado «misterio americano», ese de contar sin decir, de poner las cosas tan claras que no hace falta contarlas porque el otro ya las sabe, y que invita a una segunda lectura, está ya en los cuentos de Sueiro, que es imposible leer solo una vez. La modernidad de evitar llenar los huecos para el lector, obligando a una relectura que solo fabricas para ti, convierte a los cuentos de Sueiro en el invento más moderno de la cuentística española. Sueiro se adelanta casi veinte años, nos trae técnicas que tardaríamos décadas en volver a ver en España. Algunos de sus cuentos como Mientras espero, podrían ser hermanos de los mejores cuentos de Carver.

Los relatos de Cheever se basan en las conexiones. Los episodios, los recuerdos, las imágenes se suceden con una lógica aparentemente caótica. Y nunca llegan a parecer meras digresiones, sino partes de un puzzle que hay que construir. Incluso cuando tiende a la estructura premeditada, como en El nadador, Cheever se las arregla para dejar un margen al misterio. Tampoco lo fantástico se conforma con serlo. El nadador que cruza piscinas ajenas avanza en el espacio, pero también en el tiempo. Y se dirige hacia su propio invierno. Pero lo fantástico que no es tan fantástico, sino más bien una estructura (es decir, más bien social) es el recurso estrella del cuento fantástico más brillante de Sueiro: El día en que subió subió la marea. El nadador de Cheever podría haber recorrido la Península bañándose en la misteriosa marea de Sueiro, por las mismas razones.

Cheever y Carver quieren poner el ojo en lo que se mira, aunque lo que se mire parezca un desperdicio. Las relaciones personales reciben un enfoque parecido. Las parejas de Cheever rara vez rompen, se mantienen en un equilibrio frágil, anhelando, esperando que nada se rompa. Las relaciones humanas en Carver, sin embargo, suelen reflejar un fracaso consumado. Las relaciones humanas en Sueiro penden de ese mismo equilibro, de un hilo a punto de resquebrajarse que revela un trasfondo que corta la respiración y un anhelo de esperanza que los hunde. Que se lo digan a la pareja de Viaje en bicicleta o a Las dos hermanas.

Raymond Carver

Los americanos hablan de religión, sobre el «espíritu religioso». Cheever parecía encontrar más inspiración que limitaciones en la moral religiosa. Carver veía en la falta de fe la nueva religión imperante. Pero Sueiro vivía en el país del nacional catolicismo, escribiendo contra el «Espíritu Nacional» en la España de Sobremesa con fotos. Donde los verdugos y los barberos no saben qué hacer ahora que se han quedado sin clientes. La moral y la religión no pululan por sus cuentos, sino que los forman, los moldean como si fueran el colchón sobre el que sientan sus personajes. ¿Quién podría decir, y quedarse tan ancho leyéndolo, que esto lo trajeron al cuento los americanos?

Y es que la España de Sueiro está sucia. Llena de mujeres que conviven con gatos, de criadas que abren el gas para callar a los hijos de sus señores, de tipos que aceleran en el cambio de rasante a toda velocidad. Personajes que podrían estar en cualquier cuento de Cheever o Carver. Modernos, irónicos, cínicos y críticos.

La pregunta es, si Cheever o Carver son los padres del cuento posmoderno (los padres de Robert Coover, de David Foster Wallace o de Pynchon), ¿dónde están los hijos de Daniel Sueiro? La cuentística española pudo a través de Sueiro competir con los más grandes cuentistas americanos, pero como él, se quedó sin tiempo. Ahora es el turno de sus herederos literarios reconocer quién es su padre. Poner nombre y apellidos a la España más dirty.

Podrás leer todos los cuentos de Sueiro mencionados en este artículo muy pronto en la antología «Para leer en la cama con un pitillo en la boca »

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La España actual en los cuentos de Sueiro

En setenta años hemos cambiado mucho. Pero sorprende (y, en ocasiones, asusta) ver lo mucho que encontramos de la España actual en los cuentos de Daniel Sueiro.

A finales de los cincuenta ya nos hablaba de un hombre que veía su puesto de trabajo amenazado por la llegada de una novedosa tecnología; de mujeres deshumanizadas por la precariedad laboral y las desigualdades, y de personas que anteponían su bienestar a la vida de otros y contemplaban impasibles las desgracias ajenas escudándose en la falsa creencia de que no podían hacer nada para evitarlo.

Casi siete décadas después nos hallamos en un momento en el que los avances tecnológicos comienzan a desbancar a las personas en determinados sectores y en el que la tecnología hace que perdamos a menudo el contacto con el entorno. Aún millones de ciudadanos se encuentran al borde de la pobreza pese a tener un trabajo y las desigualdades entre la clase media y alta siguen a la orden del día.

Asimismo, conformamos una sociedad en la que muchos prefieren mirar hacia otro lado mientras mueren personas en el mar por miedo a poner en peligro su estado de bienestar.

Si continuamos cronológicamente por la creación cuentística de Sueiro, vemos que a principios de los sesenta retrataba a un hombre desesperado por salir de la miseria y a otro que decidía vengarse de un robo por no creer en las capacidades de las instituciones judiciales. En «Viaje en bicicleta» presentaba a una mujer que se rebelaba ante su marido para adquirir el poder que le correspondía, al menos, en el ámbito doméstico y en «Mi asiento en el tranvía» dibujaba una juventud incapaz de alcanzar sus más simples aspiraciones.

En los cuentos publicados en los setenta se vislumbra la desaparición del lugar en el mundo para la masculinidad hegemónica y nos topamos, una vez más, con una sociedad alienada por la tecnología. Asimismo, escuchamos a una mujer que añora tiempos pasados supuestamente mejores y en «El día en que subió y subió la marea», Sueiro dibuja un mar embravecido que escupe a tierra todo tipo de basura, mientras que la sociedad no reacciona hasta que es demasiado tarde.

Una vez más, es inevitable reparar en los paralelismos con la España actual, pues la fe del ciudadano en la Justicia sigue tambaleándose ante la sospecha de que los poderosos siempre ganan.

Sin embargo, y afortunadamente, también vivimos en una España en la que la mujer cada día está más cerca de ocupar el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad; en la que millones de personas se echan a las calles para defender sus derechos y en la que esa masculinidad tóxica presentada en «El cuidado de las manos…» no tiene cabida.

Por el contrario, la juventud continúa enfrentándose a grandes dificultades para alcanzar sus objetivos: la tasa de desempleo juvenil es de las más altas del continente y la precariedad laboral se ha convertido en norma.

La nuestra también sigue siendo una sociedad en la que hay individuos que enaltecen tiempos pasados y se empeñan en retroceder a una época de una supuesta mayor grandeza nacional.

Por último, continuamos en un mundo en el que muchos miran impasibles cómo destruimos el planeta y no reaccionarán hasta que el propio mar empiece a generar mareas de plástico.

Daniel Sueiro hablaba en sus cuentos de injusticias, de política, del estancamiento y la evolución de la España franquista y posfranquista con la esperanza de remover conciencias. Ahora nosotros volvemos a poner esos textos universales encima de la mensa en Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca para que la literatura de Sueiro pueda continuar con su labor, para que vuelva a abrirnos los ojos.

*Prohibido el uso y la difusión de las imágenes de este artículo.