Como ya vimos la semana pasada en esta entrada, Sueiro se sirvió de su familiaridad con las calles de Madrid, donde vivió gran parte de su vida, para situar las tramas de numerosos cuentos. Pero no se quedó ahí, Sueiro siempre se inspiró a lo largo de su carrera en sus experiencias vitales y dejó en muchos de sus cuentos pedacitos de sí. Hoy repasamos algunos de ellos.
Puede que uno de los cuentos más personales del autor sea «El maestro». Este relato cargado de inocencia y ternura podría ser una especie de homenaje a su padre, que era profesor en una escuela rural en el pueblecito coruñés de Ribasar. En este cuento, dos niños se escabullen de la clase de dibujo para bañarse en el río. Cuando regresan, preocupados por que el profesor se haya percatado de su ausencia, descubren que todos se han marchado, dejando atrás sus pertenencias. Una vez en el pueblo, se enteran de que el maestro sufrió un ataque durante la lección y está agonizando. En su lecho de muerte, el hombre, lejos de enfadarse, parece alegrarse al tocar el pelo húmedo de su alumno.
Y a mí me pareció que quiso sonreír y que no pudo.
Aparte de su Galicia natal y Madrid, Cádiz también cobra
protagonismo especialmente en uno de sus cuentos. Sueiro solía veranear en El Puerto
de Santa María, donde su suegro tenía una casa. Allí conversaba con los obreros
que construían los demás chalés de la nueva urbanización y de aquella experiencia
nació «Las siestas». El cuento está
protagonizado por un obrero adolescente que trabaja en la construcción de una
casa de veraneo precisamente allí, en El Puerto de Santa María, y que está
obsesionado con la mujer que viven en el chalé de enfrente. El sofocante sol
estival a la hora de la siesta, que Sueiro supo reflejar a la perfección, no lo
ayuda a deshacerse de la excitación que le provoca imaginarse lo que estará
haciendo la mujer con su marido en la habitación durante las horas de más calor.
Como ya sabréis, Sueiro era periodista y utilizó también el género cuento para denunciar la precaria situación del periodismo en España durante el franquismo. Hablamos concretamente de «Al fondo del pozo», en el que el autor narra el desesperante proceso que deben seguir los de la profesión un día de pago. Aquí crea un pozo en el que todos escupen y tiran colillas que simboliza el estado de la cultura en ese momento histórico, en el que los periodistas se veían obligados a escribir piezas de las que renegaban para poder sobrevivir pese a contribuir así a aumentar el «nivel de inmundicia». Por cierto, de este cuento procede la cita que aparece en la contracubierta de nuestra antología.
Acababa de encender un cigarrillo y me acerqué a una de las ventanas para tirarlo casi entero al fondo del pozo y escupir, escupir dos veces con asco hasta ver cómo llegaba abajo todo aquello y aumentaba un poco más el nivel de inmundicia y podredumbre.
Si os habéis quedado con ganas de leer más, os alegrará saber que ya se acaba la espera. ¡Este miércoles 22 de mayo sale por fin a la venta Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca!
Quizá hayáis oído hablar alguna vez del nuevo periodismo. Quizá creáis que está relacionado con medios de reciente creación y altísima calidad informativa, como puede ser Mediterráneo Digital (esos señores —porque seguro que son señores— que escriben noticias como «¿Por qué las feministas son más feas que las mujeres normales» o «Abascal e Iglesias coinciden por primera vez en un ascensor… y el líder de Vox sale con muletas»). Pues no. Aunque las fake news puedan parecer nuestro nuevo periodismo, no hablamos de eso. Salgamos de dudas.
El día en que se celebró una buena corrida de toros en Aranjuez, hace poco tiempo, un par de horas antes de que a Antonio Ordóñez le cogiera ese toro, una moto o un automóvil, no lo sé bien, atropelló a una muchacha en la carretera. La mujer parece que quedó tendida allí y se acercó la gente, y solo se decidió a coger, rápidamente, y a levantarla del suelo en sus brazos para atenderla y llevarla a algún sitio a curarla, un tipo medio gigante y de cierta edad, aunque muy vigoroso, de barba crecida y blanca y pelo completamente blanco, que parecía algo extranjero. Un fotógrafo, Cuevas, recogió esa escena y obtuvo así, también uno de los más justos, cabales y significativos retratos de Hemingway. El torero Ordóñez presenció la escena desde un balcón del hotel, y luego le cogería el toro.
El nuevo periodismo es ir a los toros y escribir una de las más bellas semblanzas de Hemingway (seguid leyéndola más abajo). El nuevo periodismo son esas historias con las que Paco León te monta tres temporadas de Arde Madrid, vaya.
Como no podía ser de otra forma, el fragmento pertenece al arranque de un artículo de Daniel Sueiro, «Hemingway o la solidaridad», publicado el 19 de agosto de 1959 en el diario ABC y responde perfectamente a la definición —académica— del nuevo periodismo: la combinación de elementos literarios con otros propios de la investigación periodística.
Esta corriente fue bautizada por Tom Wolfe, quien también lo inició en 1963 con el reportaje «There Goes (VAROOM! VAROOM!) That Kandy-Kolored (THPHHHHHH!) Tangerine-Flake Streamline Baby (RAHGHHHH!) Around the Bend (BRUMMMMMMMMMMMMMMMM…)». No es coña. Wolfe estuvo acompañado en la cima del nuevo periodismo por otros grandes escritores: Joan Didion, Norman Mailer, Truman Capote y Hunter S. Thompson.
Tom Wolfe en su casa, fotografiado en 1988. Nótese el detalle de la corbata a juego con los calcetines. | Getty
En Slouching Towards Bethlehem (1968), Didion usa sus experiencias personales y recuerdos para explorar los valores culturales americanos de esa época. «Olvidamos demasiado pronto las cosas que pensábamos que nunca olvidaríamos. Olvidamos los amores y las traiciones por igual. Olvidamos lo que susurramos y lo que gritamos. Olvidamos quiénes somos». ¿Os imagináis a Didion en Mediterráneo Digital?
Norman Mailer escribió «Superman Comes to the Supermarket» (1960), una crónica de la convención del Partido Demócrata en la que John F. Kennedy hizo su entrada política; una suerte de retrato sobre el trigésimo quinto presidente de EE.UU. a la que Sueiro no tiene nada que envidiarle. Además, Esquire le cambió el titular a «Superman Comes to the Supermart» y Mailer estuvo años sin escribir para la revista. Porque supongo que hay juegos de palabras imperdonables en inglés.
A sangre fría, Truman Capote. ¿Hace falta decir más? Sí. Que su adaptación cinematográfica, por mucha nominación al Oscar y por muchos tops del AFI en los que esté, es un rollo; 135 minutos son muchos. Y otra cosa. Phillip Seymour Hoffman se parecía más a Truman Capote que Truman Capote. Y que si no habéis leído A sangre fría, hacedlo, insensatos.
En Miedo y asco en las Vegas(1971), Hunter S. Thompson —y Ralph Steadman, que ilustra el libro— narra su viaje a la ciudad del pecado con el objetivo de escribir reportajes y lo que él llama perseguir el sueño americano, todo aderezado con drogas. Así que cuando Terry Gillian decidió adaptar la obra en 1998 no tuvo que hacer mucho trabajo de dirección actoral con Johnny Depp.
Una de las ilustraciones de Ralph Steadman en ‘Miedo y asco en las Vegas’.
En español, el gran referente del nuevo periodismo es Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, publicado como libro el mismo año que el anterior, pero que originalmente fueron catorce artículos aparecidos en días consecutivos en el periódico El Espectador en 1955. Trata la historia del tripulante de un buque militar que sobrevivió durante diez días tras caer al mar debido a unos cargamentos de contrabando que se soltaron de la cubierta y no por una tormenta como aseguró la Armada colombiana. Porque si hablamos de periodismo y no de corrupción, parece que no es información real.
Y como representante del nuevo periodismo en España hoy, tenemos a Robert Juan-Cantavella con El Dorado (2008) que, para fantasía de muchos, hace un paralelismo entre Las Vegas y Marina D’Or, ciudad de vacaciones, dígame. Y para qué voy a decir más si están las Nancys Rubias.
Para terminar, volvemos con Daniel Sueiro y una de sus obras más reconocidas: La verdadera historia del Valle de los Caídos(Sedmay, 1976). Se trata de un trabajo exhaustivo basado en testimonios de trabajadores que participaron en la construcción del monumento, entrevistas con los arquitectos y análisis de noticias de la época. Como lo prometido es deuda, aquí está el artículo completo de Hemingway. Disfrutadlo.
[En la imagen principal: Ernest Hemingway junto al torero Antonio Ordóñez | Associated Press]
Madrid es el marco de infinidad de cuentos y novelas. Para Daniel Sueiro, Madrid era su ciudad de acogida tras abandonar Galicia. Un lugar por el que mover a sus personajes y dejar constancia desde el mismo centro del país de la realidad en la que vivía.
Sueiro colorea un Madrid que los más jóvenes normalmente vemos en sepia. Gracias a su literatura —y a su cometido de dejar constancia de la realidad— podemos ver cómo era un Madrid que en hoy en día no parece tan lejano y del que muchos no quieren hablar.
Comenzamos pues una ruta de los espacios de la capital recogidos en la antología Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca:
Gran vía
Cuando todavía estaban los almacenes Sepu o la cafetería Nebraska en Gran vía, Felipe el Marciano se paseaba por ella intentando atraer a gente a la Feria del Cerebro Electrónico. Era muy común en los años 50 encontrarse con estos «marcianos» que anunciaban los recreativos.
Caminó tristemente por el vestíbulo y se asomó a la Gran Vía. Todas las luces estaban encendidas. Los automóviles pasaban a riadas. Se colocó debajo del cartel que decía «Feria del Cerebro Electrónico» y estuvo pensando en sus cosas.
Los madrileños no han cambiado tanto, si hace un buen día, siempre es un buen plan dar un paseo por el Retiro. La rosaleda sigue floreciendo cada primera y las barcas abarrotan el estanque. Es el escenario de «El gas», en el que dos criadas comparten consejos mientras los niños juegan por el parque.
Empujaron juntas los cochecitos y se despidieron en la puerta del Retiro. Manuela, la Moderna, les dijo unas groserías a los niños y se fue hacia la calle de Serrano con un temblorcillo como de no sé qué subiéndole por las piernas. La Vicenta tiró por Alfonso XIII adelante, arrimada a la verja del Retiro. Iba distraída, pensando en sus cosas.
el gas
San Bernardo
Los taxis y los coches pasaban de largo por la rotonda de San Bernardo mientras el protagonista de nuestro cuento esperaba paciente bajo la lluvia:
…y los cristales de los coches que bajaban hacia San Bernardo. El paso de peatones, anaranjado e intermitente, parecía apresurar su parpadeo asombroso al paso de las viejecitas y de las niñas, que echaban una carrerita con el paraguas abierto. El caballero que había intentado abrir su paraguas en el portal intentaba abrir su paraguas en el borde de la acera y vigilaba nervioso el tránsito de los taxis.
mientras espero
Legazpi
El Madrid de los trabajos míseros y mal pagados, de la delincuencia, es el Madrid que vivían los trabajadores del mercado de Legazpi y que se retrata en «Las ratas» (versión más extensa del cuento «El ruedo»). El cuento va acompañando al protagonista en su búsqueda de venganza mientras recorre la zona de Embajadores y llega hasta el Manzanares.
Le pareció, al ir a atravesar la calle para entrar en la taberna, que los sucios y mellados cristales del mercado de Legazpi se tiñeron por un momento de sangre.
Sueiro hizo un reportaje sobre el ya mítico mercado que inspiró a Carlos Saura para Los golfos (1961) —y con guion del propio Sueiro—. En unas imágenes de TVE podemos verlo hablando de ello (a partir del minuto 2.53): https://secure-embed.rtve.es/drmn/embed/video/3808531
Tranvía Atocha – Fuencarral
El protagonista de mi asiento en el tranvía no deja que nadie le quite su sitio para admirar el paisaje madrileño. Recorre la línea 14 que iba desde Atocha a Fuencarral.
Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quieto, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu buena horita de tranvía todos los días.
Mi asiento en el tranvía
Plaza de Castilla
En una residencia de señoritas en esta mítica plaza se encuentra el protagonista de «El cuidado de las manos, o de cómo progresar en los preparativos del amor sin producir averías en la delicada ropa interior» cuando tiene su magnífica revelación.
Creo que la llevé a una especie de residencia de señoritas, donde ya había estado otras veces, por ahí por la plaza de Castilla, un apartamento pequeño, pero con hilo musical, con ese detalle está dicho todo.
El cuidado de las manos, o de cómo progresar en los preparativos del amor sin producir averías en la delicada ropa interior
Chueca
Aunque hoy vuelve a haber barberías en Chueca, el ficticio número 113 de la calle Barbieri acogía la barbería de Paco y fue invadida por unos melenudos en el inquietante relato «Servicio de navaja». Aquí vemos el Madrid cambiante, en el que ya empiezan a notarse los tiempos modernos.
Así fue como Felipe el Rojo Segundo, o Felipe el Segundo Rojo, nunca Felipe Segundo el Rojo y su banda […], ocupó por un tiempo la barbería del señor Francisco Bermúdez, o Paco Mondahuesos, situada en la madrileña calle Barbieri, número 113, donde ninguna lápida de arena amasada a puño conmemora ni recuerda siquiera el lugar en que mataron al camarero; no, tampoco como los periódicos entonces dijeron.
Servicio de navaja
El nombre de la calle se le concedió en 1894 al compositor madrileño Francisco Asenjo Barbieri, autor de la zarzuela El barberillo de Lavapiés.
La Granja de San Ildefonso
En una fiesta en La Granja estuvo la protagonista y narradora de «Sobremesa con fotos» donde podemos ver los recovecos por los que se codeaba la jet set de aquellos tiempos. Así lo cuenta ella:
Yo estuve una vez en La Granja, invitada en la fiesta del Caudillo, pero conocerle, conocerle, no, ni a la señora, claro, no tuve trato así de amistad, ni mucho menos íntimo.
Sobremesa con fotos
Hay más Madrid retratado en los Cuentos y desde aquí invitamos al lector más curioso e intrigado a que complete el mapa con su lectura. Encontrará que todavía hay mucho Madrid hoy en aquel Madrid de los tranvías, de las cabinas de teléfonos, de los seiscientos… Y es que todos los tipos de Madrid tienen cabida en el mapa que traza Daniel Sueiro.
El cuento ha sufrido altibajos de popularidad a lo largo de muchos años, ahora vuelve a resurgir como un género en auge y por eso queremos darle un repaso a su historia.
Hay autores que fechan el origen de los cuentos con la aparición del Cantar del Mío Cid, allá por el año 1140. Y aunque tenemos que tener en cuenta la diferencia entre lo que es un cuento popular y uno literario, el segundo no habría podido existir sin el primero, es decir, sin la transmisión oral, boca a boca de pequeñas historietas. Y es que el hecho decisivo para la consolidación del género del cuento fue la recopilación de lo que ahora para nosotros son leyendas famosas de la cultura fantástica: los cuentos de los hermanos Grimm en Alemania. Esta recopilación sirvió como ejemplo para otros autores que se lanzaron a hacer lo mismo, probar y crear.
Una modalidad de cuento que seguro que os va a sonar es el adoctrinador, si no, os diremos que hay un libro que todos hemos leído en el colegio que cae bajo esta categoría: El conde de Lucanor, de D. Juan Manuel, utiliza la fábula moralizante para educar. Este tipo de cuento será el que prevalecerá en España hasta el siglo XIX, donde no se abandonará el cuento popular, pero ya encontraremos piezas más literarias.
El inicio de las andanzas de este tipo de cuentos podría fecharse con la publicación de Cuentos y poesías populares andaluzas, de Cecilia Böhl de Faber (con el pseudónimo de Fernán Caballero, ya que, en aquellos tiempos, aún no estaba muy bien visto que las mujeres fueran brillantes intelectuales), además, ella misma manifiesta en su prólogo el retraso del cuento en España en comparación con otros países europeos. Fue en estos años, gracias al inicio de la prensa escrita, donde se empieza a primar lo estético en vez de lo moralizante.
Para entender este tipo de género, también tenemos que tener en cuenta la diferencia de las técnicas narrativas, ya que si para escribir una novela dispones de meses o incluso años, a lo mejor el cuentista tiene que hacer el mismo trabajo en horas, sus recursos han de condensarse al máximo para que así nosotros podamos disfrutar de una narración y lectura lo más óptima posible. Creo que sabiendo esto, podemos descartar ese mito que dice que el cuentista no tiene aptitud literaria, ¿quién podría esgrimir un argumento así después de leer a grandes como Daniel Sueiro?
Podemos decir que la edad de oro del cuento español llega con la entrada del siglo XX, la Crisis del fin de siglo trajo consigo dos tendencias literarias muy marcadas, la Modernista y la Generación del 98, que llegaron a su cénit con la Generación del 27. La Generación del 98 fue acuñada así por Azorín en unos artículos publicados en el ABC en 1913. Las principales preocupaciones de estos escritores era buscarle un sentido a la vida y una esencia a España, así empiezan a idealizar los paisajes e historias de nuestro país, con un estilo para nada grandilocuente, sino todo lo contrario, abogando por la sencillez. ¿Sabéis ya de quién estamos hablando? De los grandes Valle Inclán, Unamuno, Baroja o Azorín. Y si avanzamos un poco más en la historia nos encontraremos con la Generación del 14, cuyos autores comparten con los anteriores la inquietud por la problemática de España. Recordad que en ese momento el país pasaba por una fuerte crisis por la pérdida de las últimas colonias y Europa estaba entrando en la Primera Guerra Mundial.
Todas estas generaciones y autores fueron de los que bebieron cuentistas que publicaban en periódicos, tales como Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín, etc. Querían llegar a los lectores y ofrecían un producto que en principio parecía más sencillo que la novela.
Tras la Guerra Civil y hasta la Transición a la democracia tenemos que tener en cuenta que la cuentística española se vio dividida en el frente que se hallaba fuera de España exiliado, y el que permaneció en el país. Los cuentos de esta época, entre los que se encuentran los de Daniel Sueiro, se caracterizan por la presencia del dolor, la violencia y la desubicación. Personajes marginados y marcados por la dureza de los tiempos (¿nos suena?), y no se podían ver muchos cuentos reivindicadores de las condiciones que sufrían las clases bajas debido a la censura. ¿Entendemos ahora por qué vemos fundamental el rescate de una obra cuentística literaria como la de Daniel Sueiro?
Creo que después de esta pequeña clase de historia sobre el cuento y la literatura, podemos entender con mayor facilidad por qué el cuento perdió cierta popularidad durante el final de la dictadura, olvidado durante la dura censura, pero es un género que con la llegada del siglo XXI empezó a reclamar su sitio como gran género literario. Y es por lo que nos hemos visto con la responsabilidad de traer al presente a uno de los cuentistas más importantes y olvidados de una época tan difícil, cuyos cuentos, sin embargo, no han envejecido ni un poquito.
Desde los mitos en la antigua Grecia, hasta los superhéreos actuales que llenan las salas de cine o las novelas de detectives, la figura del héroe ha sido central en las obras literarias. Personajes de destino, que redefinían su carácter y sus acciones en función de quiénes querían ser. Los Aquiles, los Heracles, los Ulises o El Capitán trueno. Crecimos con ellos, nos han enseñado qué es un personaje y cómo construirlo. Nos han enseñado cómo deberíamos ser.
Pero en la modernidad la literatura se aleja de los dioses, de los modelos perfectos, y se acerca a lo humano, a lo real. Y, ¿quiénes son nuestros héroes si los héroes somos nosotros? El destino pierde fuerza, parece una meta imposible, una mentira. Pura trampa literaria. Pero los héroes no mueren, no desaparecen de la narración.
¿Dónde están entonces? Siguen poblando la literatura, pero esta vez lo hacen desde el otro lado. Humanos que se hacen héroes, nacen los personajes de carácter, cuyos espíritus y voluntades determinan sus destinos, y eso les hace héroes. No por sus glorias sino por sus intentos, por sus sueños y ambiciones, por la imposibilidad de lograrlos. Los héroes imperfectos: los antihéroes.
El novelista Luís Mateo Díez, mucho más familiarizado con los héroes que la que escribe este artículo, los explica así:
La novela moderna está más habitada por antihéroes, que están más en la vida que en la imaginación y en los sueños; por seres humanos con precariedades y pasiones… Escribir es descubrir esos caminos de perdición. Esos avatares y aventuras a la vuelta de la esquina de gente que no va muy lejos sí que suponen una gran aventura.
Los Quijotes, los Lazarillos, los Tom Sawyers y los Gatsbys. Están por todas partes. Y también en los cuentos de Daniel Sueiro.
Los personajes de Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca son esos antihéroes que buscan su meta, que persiguen un destino que no conocen. Sus tropiezos y sus frustraciones nos interesan más que sus victorias y sus sueños porque nos parecen más reales, nos recuerdan más a nosotros. Tiene sentido que consideremos más héroes a los personajes infelices de Sueiro, como Felipe el Marciano, encajonado en una vida y un trabajo que odia, siendo sustituido por algo mejor, porque se acerca más a nuestra realidad. En el realismo no puede no haber héroes, porque nada es más crítico con el lugar y el momento en que uno vive que demostrar las flaquezas de un héroe que nos representa a todos. Los protagonistas de Sueiro no nos muestran cómo deberíamos ser, nos muestran cómo es el mundo en el que vivimos, y por tanto cómo somos.
En la literatura clásica tememos a los dioses a través de los héroes. Ellos les temen, nosotros también. En los cuentos de Sueiro le tememos a los barrios vacíos de un Madrid gris y dormido, a las bombas que no llegan, a los cambios de rasante, a perder tu asiento en el tranvía… Tememos a las cosas que sus héroes están dispuestos a hacer por sobrevivir. La narración de sus andanzas nos sirve como guía para comprender el mundo y nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. Sus historias nos ayudan a entender mejor nuestra historia. Nos señalan los villanos mejor que cualquier epopeya griega.
El héroe de Sueiro lee en la cama con un pitillo en la boca. Se revela contra el mundo mientras está encerrado en él. Nos despierta y nos hace protagonistas de nuestras propias historias.
Y cuando lo leemos, comprendemos por qué todavía necesitamos a los héroes.
Pero leer en la cama proporciona algo más que entretenimiento: una peculiar sensación de intimidad. Leer en la cama es un acto egocéntrico, inmóvil, libre de las ordinarias convenciones sociales, invisible para el mundo y que, por producirse entre las sábanas, en el reino de la lascivia y de la pereza pecaminosa, participa de la emoción de las cosas prohibidas
Alberto Manguel, Una historia de la lectura, p. 221
Cuentos
para leer en la cama con un pitillo en la boca… ¡Qué título tan extraño!
¿no? Normalmente los títulos dicen algo sobre el contenido del libro: sobre su
atmósfera, sobre su tema, sobre sus protagonistas. Este, aparentemente, no.
Este da una instrucción al lector sobre el lugar
en el que debe leer y cómo debe
hacerlo: en la cama con un pitillo en la
boca… sin importar los riesgos de la vida sedentaria ni los del tabaco. Para
entender todas las implicaciones que estas palabras tienen sobre los cuentos y
novelas cortas que agrupan quizá nos sirva conocer algo del origen de este
curioso título.
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En algún momento de su vida Daniel Sueiro planeó una antología de cuentos y novelas cortas que iba a titularse Para leer tumbado en la cama con un pitillo en la boca. Nunca la llevó a cabo, pero sí que escribió un texto con ese mismo título, que serviría como prólogo, y en el que el escritor, incapaz de teclear nada en su máquina de escribir, muere (en lo que se puede interpretar como una prefiguración de la teoría literaria sobre la simbólica muerte del autor). A modo de homenaje a esa narrativa que se quedó sin tiempo tras la prematura muerte de, hemos situado este texto como cierre de nuestra antología de cuentos.
Pero, más allá de la anécdota sobre el
título, elegimos este (después de varias discusiones, ejem, un poquito
intensas) porque, si algo tienen en común los cuentos y las novelas cortas, es
el tipo de lector. En otra parte
Sueiro había escrito que
como creo también en la libertad del lector, y ello tanto o más que en la del propio escritor, pienso que si a aquel no se le puede halagar, tampoco se le debe adoctrinar; no esquemática y descaradamente, por lo menos
En la España de Dani, la de la Dictadura de Paquito (o, como también se la conoce, Dictapaquita), no había más resquicio de libertad que el que cada uno pudiera defender en su intimidad. El Régimen podía controlar qué se publicaba y qué se leía en público, pero no lo que se leía en privado ni los pocos textos que lograban pasar la frontera camuflados o ser impresos en la clandestinidad en España (y a los que hace unos años la Imprenta Municipal de Madrid dedicó una exposición, Letras clandestinas). En la intimidad de sus hogares, tumbados cómoda y placenteramente en la cama, los lectores españoles podían comprender las insinuaciones, los pocos resquicios de disidencia de la sedicente España grande y libre que los escritores lograban colar a la censura, en cuentos como el sueriano Mi asiento en el tranvía.
Una de las más famosas lectoras en la cama, Marilyn Monroe
Y, ¿por qué el pitillo? Quizá una de las pocas canciones que hoy asociamos con los años 50 en España sea la versión de Sara Montiel de Fumando espero en El último cuplé. No mucho antes, un amigo de nuestra actriz más internacional a. P. C. (antes de Penélope Cruz), James Dean, había creado la imagen del rebelde moderno, irremediablemente unido ya al pitillo en la boca. Los cigarros tenían, además, un componente generacional y de clase muy marcado: frente a los aristocráticos y viejos puros, los populares pitillos, asequibles a obreros y jóvenes intelectuales sin una peseta. Si los protagonistas de algunos cuentos de Sueiro, como Las ratas o Al fondo del pozo, están constantemente fumando es porque los coetáneos del autor encontraban en el tabaco uno de los pocos placeres que se podían permitir, porque el humo de los cigarrillos desdibujaba los contornos de la España negra que les habían impuesto.
El prototipo de rebelde, James Dean, con su cigarrillo en la boca
Así, indicando que estos cuentos y novelas cortas deben leerse en la cama con un pitillo en la boca homenajeamos a esos lectores para los que la rebeldía y el placer no solo eran compatibles, sino requisitos indispensables de la buena literatura.
Mira que en este blog nos encanta llevarle la contraria a Sueiro y mantenemos que se equivocó de lleno cuando aseguró que su obra no podía considerarse universal. Pero hoy nos tenemos que poner un puntito en la boca al recordar que en los 80 dijo que Franco se había muerto “más bien poco”. Si supiera… El dictador parece estar bastante vivo en 2019 no solo porque Santi pueda entrar en el Congreso con entre 29 y 37 escaños según el CIS de abril o porque a las noticias de la tele le salga una especie de grano setentero cada vez que Casado aparece. Hay que sumar el reaccionarismo de una parte de la población ante la idea de sacar a Franco del Valle de los Caídos.
El PSOE ya llevaba un tiempo con esta medida sobre la mesa. En mayo de 2017, presentaron en el Congreso una propuesta para instar al Gobierno de Rajoy a realizar la exhumación de Franco y recibieron el apoyo de Cs y Unidos Podemos. El PP se abstuvo (¡sorpresa!) y no hubo votos en contra. Así que, aunque por primera vez se había aprobado desenterrar al dictador y políticamente lo pedía una amplia mayoría de la Cámara Baja, hacerlo seguía en manos del Gobierno. Luego la sentencia de la Gürtel, luego la moción de censura y al final PDR.
Sánchez no había terminado de elegir colchón cuando anunció que su intención era sacar a la momia —si el nietísimo lo llama así, se vale— “en el plazo más breve posible”. Eso fue en junio de 2018 y aquí estamos. El Gobierno no lo ha tenido fácil entre la Fundación Franco, la familia del dictador, la Abadía del Valle de los Caídos, la gente que tiene la mala costumbre de saludar con el brazo muy tieso y, aunque parezca mentira, los permisos de obra.
Sede del PSOE en Madrid con la pintada «El Valle no se toca» realizada por las Juventudes Falangistas en julio de 2018 | Europa Press
El Ejecutivo acordó el 15 de febrero la exhumación de los restos, en cumplimiento de un Real Decreto de octubre de 2018 y de un acuerdo del Consejo de Ministros de 31 de agosto de 2018 por el que se inició el procedimiento administrativo.
La Fundación Nacional Francisco Franco, según su propia página web, tiene como principal objetivo “difundir y promover el estudio y conocimiento sobre la vida, el pensamiento, el legado y la obra de Francisco Franco Bahamonde, en su dimensión humana, militar y política”. ¿Las risas enlatadas por lo de “dimensión humana” solo suenan en mi cabeza? El caso es que semejante misión les ha obligado a entorpecer todo el proceso. Por ejemplo, en marzo recurrieron al Supremo la orden de exhumación aprobada en febrero. Consideran que «lo que hace es acordar algo ilegal» por las «prisas» que tiene el Gobierno en exhumar al dictadorpara hacer de esta operación «una bandera estrella para las elecciones generales venideras”. Por cierto, el portavoz de esta institución privada es uno de los principales financiadores de VOX (otra sorpresa).
Hoy estuve grabando al artista Enrique Terneiro pintando una Paloma de La Paz en una acción protesta Sobre la Tumba de #Francopic.twitter.com/y9fwgDOxnp
El Ejecutivo estuvo negociando con la familia hasta principios de marzo. Los Franco decidieron romper las conversaciones y reiteraron su intención de acudir a los tribunales. El Gobierno, si aceptaba la exhumación, estaba dispuesto a negociar dónde se volvía a enterrar y cómo iba a ser la exhumación. Pero claro, la única opción que la familia contemplaba —y contempla— era la inhumación en su cripta de la catedral de La Almudena. Así los 20N se podría poner Madrid de aguiluchos que ni para tomar a café con leche in Plaza Mayor. De eso también es consciente el Gobierno y, cuando la vicepresidenta, Carmen Calvo, aseguró que contaban con el apoyo de la Iglesia para que Franco no acabase en el centro de la capital, elVaticano negó el acuerdo, aunque no se opone a la exhumación. Menos mal.
Sin importar la solana que puede caer de canto un 15 de julio en medio del monte y obviando las tortillas en las camisas nuevas, cientos de personas decidieron acercarse a Cuelgamuros con sus banderas de España customizadas para darles rollito preconstitucional, que es lo que se lleva. Contra todo pronóstico, la presidenta del Movimiento por España y organizadora de la jornada, Pilar Gutiérrez, está de acuerdo con nosotros —o algo así—, ya que reivindicó que «Franco no está muerto. Todos los que están muertos en Cristo no están muertos”. Los reunidos también encontraron ocasión para cantar el Cara al Sol o corear consignas como «Españoles sí, refugiados no» o «Cataluña es España, no nos engañan”. El pack completo.
Decenas de personas hacen el saludo fascista en la manifestación del 15 de julio de 2018 en el Valle de los Caídos | Europa Press
A pesar de ese panorama espeluznante, no hay que olvidar quemás de la mitad de los españoles apoya la exhumación, así como la ilegalización de la Fundación Franco y la expropiación del Pazo de Meirás.
Lo justo sería no sólo sacar a Franco del Valle de los Caídos sino enterrarlo en una cuneta al azar y que la familia lo busque durante décadas pero bueno, nos conformamos con lo primero
Al igual que la familia y la Fundación Franco, la Abadía del Valle de los Caídos también recurrió al Supremo la exhumación de Franco. Algo que no pudo sorprender a nadie ya que el prior administrador fue candidato del partido Falange Española Independiente (FEI) al menos en dos procesos electorales. Y, por si acaso, la página web de la abadía está a nombre de una historiadora que, como el prior administrador, hizo sus pinitos en el mundo de la política: fue candidata independiente de Vox en las elecciones municipales del año 2015.
En principio, los restos del dictador Francisco Franco serán desenterrados del Valle de los Caídos y vueltos a inhumar el lunes día 10 de junio por la mañana en el panteón de Mingorrubio en el cementerio de El Pardo, de titularidad pública. Veremos.
Tan cerca del 14 de abril queremos recordar que miles de republicanos están enterrados junto a su verdugo. Así hablaba Daniel Sueiro en su libro-reportaje La verdadera historia del Valle de los Caídos (Sedmay, 1976):
Bajo la cortina de humo de las grandes palabras y de los bellos proyectos, buena parte de la generación vencida en la guerra es objeto de las depuraciones, los apartamientos del servicio, las represalias y las mil acusaciones propias del momento. Campesinos, obreros, militares profesionales, artistas, literatos, miembros de las profesiones liberales, militantes políticos de todas las tendencias van acogiéndose a la liberación que supone la posibilidad de trabajar en las numerosas colonias penitenciarias que funcionan en el país. Es para ellos una liberación real, una situación material incomparablemente mejor que las que les tocará vivir a los que quedan encerrados en las prisiones o serán empujados a los paredones frente a los fusiles.
[…]
De cuando en cuando llega Franco de visita. En fechas señaladas, con todo el séquito; sin avisar, en la mayoría de las ocasiones. Entonces se establece una vigilancia más rígida, un control más severo. Pero él pasa por medio silencioso y sin hacer caso a nadie, mirándolo todo, deteniéndose horas y más horas para estudiar un plano o una maqueta, en medio del agotamiento general.
Para seguir profundizando en el tema recomendamos El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista (Argos Vergara, 1983), también de Daniel Sueiro; El Valle de los Caídos, de José María Calleja (Espasa, 2009); El Valle de los Caídos: una memoria de España, de Fernando Olmeda (Península, 2009) y Esclavos por la patria, de Isaías Lafuente (Temas de hoy, 2004 y reeditado por Planeta en 2018).
Nota: La frase que da nombre a este post pertenece al texto «A modo de autobiografía, y también de autocrítica» que Daniel Sueiro escribió a modo de prólogo para la segunda edición española de su novela Estos son tus hermanos (Argos Vergara, 1981). Este es el fragmento completo:
A la muerte de Franco ―y no fue mucho lo que entonces se murió, sino más bien poco, como hemos venido a comprobar en menos tiempo―, también hubo gente que lamentó con regocijo, con la boquita pequeña y malvada, que los cajones de las mesas de los escritores españoles no rebosaran de manuscritos geniales, de obras maestras que vinieran a demostrar de la noche a la mañana que el florecimiento cultural, la apoteosis creadora, la eclosión desbordante era lo menos que podía traer consigo la recuperación de las libertades.
[En la imagen principal: Unos jóvenes pasan ante un grafiti que firma el artista urbano TVBoy, aparecido en Barcelona, en el que se muestra a Franco caracterizado como Frankenstein y el lema “El despertar del pasado” | EFE]
¿Por qué es interesante entender la transformación entre el Sueiro escritor de los años 50 y el de los 70? Para comprender mejor este viaje hemos optado por utilizar dos de sus cuentos: por un lado «El ruedo» (que apareció en la antología Los conspiradores), una versión breve que solo incluye las dos primeras partes de «Las ratas» (esta última contenida en nuestra antología) y «Las dos hermanas», uno de sus relatos inéditos que también aparece en este libro.
Para que lleguéis a entender lo que queremos contar aquí, no es necesario que ya os hayáis leído los relatos pero, por si acaso y en primicia, podéis leerlos antes de la publicación del libro en los siguientes enlaces: «El ruedo» y «Las dos hermanas».
¿Por qué hemos decidido hablar de «El ruedo» en vez de «Las ratas»? Es especialmente notable debido al momento en el que se decide cortar, ya que el tema del relato es radicalmente distinto. En el primero, el autor, aunque sigue advocando por una fuerte crítica social ante la situación de la clase obrera baja española, se centra en las condiciones de trabajo, comparándolas con las del resto de Europa:
«En algunos sitios bien organizados, cuando no hay trabajo, a los parados les pagan igual. Si hay trabajo, cobran lo suyo; si no, les dan un tanto. Pongamos dos duros. A mí, si todas las tardes me dieran dos duros de bóbilis, no me importaría que no hubiera nada que cargar.»
Recordemos que en los años 50 y 60, España seguía sumergida en una dictadura, mientras que el resto de los países del continente estaban prosperando y floreciendo. En la versión más extendida —«Las ratas»—, da un paso más, profundizando en una red corrupción y dejadez, así como en el concepto de justicia.
«El ruedo» se centra en la descripción del tema de la opresión y las condiciones embrutecedoras del trabajo. Esto está simbolizado en el peso de la carga, lo que es fundamental, representado en las cajas que le van echando encima al protagonista para que las traslade de un lado a otro.
«Sujetó bien la hondilla sobre la frente y bajó la testa, esperando a que terminaran de colocarle las cajas. Cada caja nueva que caía era un tirón de la cuerda sobre su cuerpo. Tanteó el peso bajando más la cabeza y parte del cuerpo. Debían ser cinco o seis las cajas. Así como estaba, veía solamente parte de los pantalones y sus pies, que parecían hundirse cada vez más en el suelo.»
Sueiro denuncia aquí los abusos a los que es sometida una clase más débil, cómo los poderosos a la mínima oportunidad quieren sacar provecho de las personas que tienen a su cargo, que dependen de ellos; todo a través de un narrador omnisciente que conoce los pensamientos y sentimientos del protagonista, el foco está ahí, en el oprimido.
Esta denuncia es algo que el autor nunca llegará a perder, sino que evolucionará. Su escritura se relaja, cómo el bien decía, pasó a tener «las manos libres y la cabeza fría». Por eso, en su segunda etapa, pasados los años sesenta, seguimos viendo a un Sueiro reivindicativo pero con un estilo muy diferente. Un ejemplo de esto es el segundo relato que habíamos elegido: «Las dos hermanas». Muy pocas veces, son los protagonistas de este autor niños, sin embargo, aquí ambas son criaturas, de tan solo ocho o nueve años la menor, y la maldad y la vileza estará representada en ella. Un personaje que, consciente del poder que tiene sobre su hermana, que ha de cuidarla y protegerla, lo exprime hasta volverla loca y convertirla en un trapo de nervios. Sueiro transmuta algo que, a simple vista parece bueno e inocente, en todo lo contrario.
Este cuento, relatado por un narrador en tercera, está contado a través de los pensamientos, de las idas y venidas, de la hermana mayor, nunca consigues entender completamente qué es lo que ocurre hasta ya avanzada la trama, deduces que la hermana mayor está desquiciada bajo la continua manipulación de la pequeña. Nadie sabe nada, y la situación continúa. Si extrapolamos este contexto al actual, nos encontramos con una escena que podemos encontrar cualquier día en cualquier trabajo.
«Ella le rogaba y le juraba que la obedecería siempre, y todo esto llorando; pero aun así era difícil convencerla y jamás era posible llegar a meterse en la cama tranquilamente y dormir en paz. «Te lo haré, nena, te lo haré». «Mañana ya verás». «Te lo haré todo. ¡Pero bájate! ¡Bájate, nena, que te vas a caer!».»
Por lo tanto, se puede ver una evolución muy evidente en el estilo del escritor. Durante su primera época nos encontramos con textos llenos de pausas y énfasis duros, que quieren apuntar, sin que quepa duda, a una reivindicación por la libertad, por la mejora de una sociedad oprimida y en decadencia. Mientras que en su segunda etapa nos hemos encontrado con textos mucho más fluidos y sutiles, donde prevalecen las metáforas más generales y ambiguas, con un estilo más relajado y libre, igual que el autor. Haber sido editores de textos tan particulares, sobre todo los inéditos como este último, ha sido todo un privilegio y una experiencia que nos ha hecho viajar a nosotros también por una España no tan lejana.
Puede que te suene esto: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…»; o esto: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado»; no cabe duda de que podrías recitar de memoria esto: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»; y, aún no lo sabes, pero próximamente te sonará esto: «La marea sube paulatina, casi imperceptiblemente, como todos los días, solo que un poco más tarde cada vez; cuarenta y cinco minutos, para ser exactos».
Así comienza «El día que subió y subió la marea» de Daniel Sueiro, recogido en Cuentos para leer en la cama con un pitillo en la boca. Estas líneas fueron las que «impactaron» a Juan Bonilla cuando descubrió los textos de Daniel Sueiro tal y como cuenta en su magnífico prólogo «Impactos de un cuentista» que puede leerse en el mismo libro. Además, son un ejemplo perfecto para hablar de la importancia que tienen los íncipits en toda la ficción breve y en concreto en la de Daniel Sueiro.
Con los íncipits de las obras literarias los autores nos seducen, nos invitan a zambullirnos en sus historias. Solo un par de líneas son necesarias para que el lector entre en el mundo que el autor ha creado, se deje llevar por la historia y se olvide de que está asfixiado en el metro, sentado en el sofá, o tumbado en la cama con un pitillo en la boca.
Si en nuestra edición hemos creado una panorámica evolutiva de los cuentos de Sueiro, podrás ver perfectamente cómo comienza a abandonar las formas más tradicionales, lo que afecta claramente a los íncipits. Es fácil darse cuenta si comparamos el primer texto que aparece en el libro, «Felipe el Marciano», con el último, el ya mencionado «El día en que subió y subió la marea»:
Felipe se quedó de pie delante de la barra. Había muchas banquetas libres, pero Felipe no se sentó, porque no podía. Estaba vestido.
O con el hasta ahora inédito «El incendio»:
Estaba sentado en un extremo del banco, sin apoyarse siquiera en la pared, solo y melancólico como un chiquillo asombrado e inocente que no entiende las cosas. La mesa, ante él, estaba vacía, aunque con las húmedas señales recientes de los culos de los vasos.
A Sueiro le gustaba comenzar sus cuentos in medias res, es decir, a mitad de frase o acción. Este recurso es ampliamente utilizado para que el lector tenga la sensación de quien ha descolgado el teléfono y pillado una conversación a medias.
Y me sorprende la voz alta, la mía, en medio de la habitación. —No, veinticuatro —me digo. «El egoísta»
Fotograma de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964)
Y este es tu padre, que en gloria esté. Ahí aún no le había salido lo amargo, por lo menos a la cara. «Sobremesa con fotos»
Pero no solo el in medias res está en el discurso, también en las narraciones:
Se le cuajó el cuerpo justo al terminar de comer, cuando acabó con la botella de vino, en la solitaria penumbra del restaurante, y le llegó aquel tumulto a la cabeza, golpeando las sienes; pero pensó que sería mejor dejarlo. «El incendio»
Casi como si de un zoom out o retroceso cinematográfico se tratara, Sueiro cambia el foco en «El forastero», desde las manos sujetando las cuerdas de los empleados del cementerio para ir abriendo poco a poco hasta El forastero y el resto de los asistentes al entierro:
Los empleados del cementerio ataban la caja por los extremos con gruesas cuerdas de cáñamo. Se movían con destreza y agilidad, con indiferencia, cambiando entre sí alguna frase profesional. Llevaban puestos unos uniformes casi nuevos, pantalón y chaqueta de pana negra con una cinta de color verde pegada a lo largo de las perneras, y los cuellos y las bocamangas de las chaquetas del mismo color. El forastero se fijó en los uniformes, inconscientemente.
Este recurso es bastante visual —recordemos la estrecha relación de Daniel Sueiro con el cine— que pone en perspectiva el punto de vista que se ofrece (Algo similar a cómo empieza El padrino(1972)). En «Fulgores y recuerdos crepusculares» casi se puede ver cómo pasa «la cámara» del cielo a la arena de la playa:
Al pasar sobre sus cabezas, las aspas de los helicópteros restallaron en sus oídos con su tableteo plano y huidizo. Eran dos, los dos grises, y volaban demasiado bajo para aquella hora tan temprana y para un domingo como aquel. No los despertaron a ellos, que ya entonces llevaban recubierto de cañizo la mitad del sombrajo pero a otros sí los habrían levantado de la cama entre maldiciones, pasado el primer susto. Tan bajo, que pudieron leer en los costados no solo las grandes letras blancas,US Navy, sino también los números que llevaban pintados de amarillo, y vieron a los pilotos americanos asidos a los mandos tras los fulgores esféricos de los cristales. Detuvieron su trabajo y se quedaron parados contemplando [..]
Si buscas otro ejemplo en el cine, quizá te ayude el principio de la película Mon Uncle (1958) de Jaques Tati.
«Las siestas», en cambio, comienza con los versos de una canción y, seas o no capaz de identificarla, quedas directamente envuelto por ella y quizá hasta se te quede pegada un par de semanas:
Sería la una, serían las dos, serían las tres, las cuatro, cinco, seis de la mañana, cuando estaba con mi novia sentadito en la ventana.
(Esta canción proviene del folklore popular. Solo tenemos constancia de ella en un cancionero de Priego; ahora bien, si tienes curiosidad, hay varias versiones para todos los gustos. Dejo aquí la más pegadiza).
Y es que un íncipit tiene la misma función que las primeras notas de una canción —que levante la mano quién nunca haya cambiado de emisora de radio hasta que ha encontrado algo que le sedujera—. Desde el mítico «Érase una vez…» hasta «El coche salió de la curva chillando y levantando el polvo de la cuneta» («Cambio de rasante») todos resuenan en tu cabeza, te atrapan y, con suerte, a lo mejor te acompañan para toda la vida.
«Lo que nunca haría ya, pasase lo que pasase, aunque se quedara de nuevo en la calle aquella misma noche o a la mañana siguiente, sería volver a las paredes frías y a las hoscas miradas, al miedo y al hambre descarnados, y mucho menos a aquella horrible vergüenza, a la humillación y a la rabia que le daba recordar todo aquello, desgraciado, desgraciado y mil veces desgraciado, jamás volvería a verlo ni a ningún otro, estuvieran donde estuvieran, por lo que me has hecho, todo aquello de lo que había huido, para siempre, otra noche, aquel mismo invierno.»
Una niña se queda en la sola compañía de una manada de gatos; una mujer contempla con desagrado el pronto retorno de su marido al hogar. En los cuentos de Sueiro, la feminidad se ve cercada; a veces no se producen agresiones directas, pero ellas, las mujeres, están atrapadas frente a un enemigo que ejerce una determinada violencia contra ellas. Los relatos mencionados («Felis domesticus», «Viaje en bicicleta») tienen varios puntos en común. Es evidente que son algunos de los textos protagonizados por o focalizados en mujeres (en «Viaje en bicicleta», la mujer es la cara B del relato, pues hay otra trama en la figura del esposo). Pero el nexo más interesante no es este, sino su estructuración a partir de una dicotomía de cazador y presa.
Comencemos con Valentina, la mujer de «Viaje en bicicleta», que vive en el canónico espacio de lo doméstico como un ángel del hogar solitario y manchego. Cuando su marido llega a casa, ella se sorprende, porque no le espera ese día; acto seguido, le rechaza. El cuento se estructura en torno a este rechazo, con su esposo, Eusebio, tratando de acercarse a ella en una especie de tira y afloja corporal que no evita la separación constante de ambos. La decisión de Sueiro de que Valentina diga no (en dos ocasiones) ya tiene implicaciones: se niega a cumplir su deber, quiebra su espacio, ya no representa la función que debiera. Subvierte la función de presa a la que Eusebio la condena de forma inconsciente. Sin embargo, no puede escapar del ámbito doméstico, del lugar al que pertenece, al que está encadenada. Se produce un despertar, sin más acción que esta. De hecho, es él quien se marcha (en tren y rabioso, de nuevo hacia un trabajo que detesta e incapaz de entender el porqué del rechazo de su esposa); Valentina se queda sola, llora, pero no llama a Eusebio, en una tercera negación. Yo expongo los hechos y vosotros atáis los cabos neotestamentarios de este fortísimo rechazo de la autoridad. En el plano de lo simbólico, Valentina consigue huir, queda libre por el momento; pero esto no ocurre en el plano físico.
¿Porque cómo se escapa en el plano físico? ¿Cómo consigue una mujer romper con el esquema cazador/presa que presenta el patriarcado? Para eso hay que desligarse de la estructura humana, desvincularse de la sociedad. En «Felis domesticus», una niña huye de no se sabe bien qué (aunque se intuye) y da a parar a la casa de unos ancianos, un lugar lleno de gatos, que se quedará cuidando cuando los dueños se marchen. Evitemos los innecesarios spoilers. La niña se enfrenta al mundo. El aspecto más interesante de este relato es la deshumanización que sufre a medida que avanza el argumento; poco a poco, este personaje sin nombre abandona cualquier canon social, abandona lentamente la humanidad hasta convertirse en una suerte de gato más, en un ser salvaje que corre por la casa y el jardín y que ya no atiende a nada más que a su instinto.
En este cuento, el agón se ve representado por un personaje que trata de meterse en la casa para hacerle daño a la niña; es decir, por un cazador que cerca a su presa. El pasaje conecta con textos estadounidenses (ya hemos hablado de otros casos en los que esto ocurre) como «¿Adónde vas? ¿Dónde has estado?», de Joyce Carol Oates. Ambos textos hablan de mujeres que se enfrentan a la violencia que el hombre ejerce contra ellas. Pero hemos de recordar que Sueiro ha construido aquí un personaje que ya viene huyendo; ya se ha percatado de esto y lucha contra ello. No está de nuevas y elimina su función de presa, de víctima, para entrar en una nueva categoría, fuera de lo social y la estructura canónica; ya no puede pertenecer a la humanidad por la imposibilidad de salirse de lo político. Por tanto, debe marcharse, convertirse en otra cosa. Despertar y transformación. Esta metamorfosis es uno de los elementos que convierten a este texto en uno profundamente moderno, que se separa de forma radical de la producción de la época.
Los textos trascienden la autoría concreta. Van más allá de la época, del lugar, parten de una intuición humana lejana a cualquier disquisición temporal y territorial. Estos cuentos, separados por tan solo unos años en su escritura o publicación original, cuentan una historia semejante. Una historia de agresiones silenciosas que pasan desapercibidas pero en las que se puede poner el foco. Sueiro lo hace y eso los convierte en relatos maravillosos; el autor entiende que se ha de producir un cambio, un click en los personajes, una especie de iluminación (de despertar) para que surja la lucha. De esta rebelión, por tímida que parezca ser a veces para el argumento, surge el brillo de Valentina y de la niña sin nombre de «Felis domesticus». Y, por supuesto, emerge el brillo de los relatos.
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